Jesús relata la historia de un hombre que fue golpeado y abandonado medio muerto en un camino. Un sacerdote y un ayudante del templo pasaron junto a él, pero ambos lo ignoraron y siguieron de largo. Sin embargo, un samaritano se detuvo al verlo, curó sus heridas y pagó para que lo cuidaran sin esperar nada a cambio. (Lucas 10:30)

Esta parábola de Jesús revela quién es el verdadero prójimo al contrastar la indiferencia de los líderes religiosos, quienes priorizaron sus actividades consagradas antes que una necesidad fuera de su estructura. El texto bíblico señala claramente que ayudaban en el templo, le da un contexto. Estos líderes religiosos sabían ayudar dentro del templo, rodeados de rituales, incienso y aplausos. Su fe funcionaba bajo control.

Es fácil ser compasivos cuando todo está programado, pero el amor se prueba en lo imprevisto

Jesucristo confronta esta actitud frente a la generosidad desinteresada y espontánea de un samaritano que actuó desde el corazón y sin siquiera pensarlo.

El relato nos lleva a reflexionar sobre la mentalidad que se puede llegar a desarrollar en quienes cumplen con las reglas de servicio, albergando quizás de forma muy inconsciente orgullo espiritual que impide mirar con amor a quien no asisten a la iglesia.

El samaritano no ayudó esperando algo a cambio, porque entendía que el amor no busca su propio beneficio; a diferencia de una mentalidad religiosa que puede llegar a servir a fin de atraer personas a su propio sistema.

La historia confronta a todos los creyentes:

¿Caminamos guiados por el amor genuino que Dios pone en el corazón, o caminamos sobre pensando y calculando si estamos cumpliendo con un mandato?

¿Somos el templo del espíritu santo? la iglesia que camina por las calles de manera natural actuando desde el corazón? confiando en la obra del Espíritu de Dios?

Hay una diferencia entre el amor institucionalizado y el amor espontáneo que nace de un corazón transformado por Dios, que camina en libertad.

#reflexiones

Pame Alcazar